El pecado, ¿maldad o ignorancia?


Hay cuestiones a las que puede parecer una estupidez dedicar tiempo y esfuerzo y que, sin embargo, revisten una importancia tal que es peligroso avanzar o vivir sin analizarlas.  Ésta es una de ellas.  Al menos para quienes hemos sido educados en una cultura -y una espiritualidad- que nos habla del pecado, y no siempre del mejor de los modos.

Asociamos el pecado con el mal, con el diablo, con la oposición a lo Divino.  Es una primera aproximación.  Pero no sería razonable identificar el pecado con el mal porque no tienen por qué ser lo mismo.  De hecho, podemos definir el pecado como la elección del mal por parte de un sujeto o, como nos enseñaron al estudiar el Catecismo, el pecado como la desobediencia voluntaria de la ley de Dios.

Sin embargo, para quienes consideramos que la ley natural y divina persigue la gloria del ser humano, no deja de resultar un enigma por qué tantas veces elegimos lo contrario, el mal, lo que nos aleja de nuestra más íntima naturaleza y de nuestra más auténtica felicidad.

Una primera respuesta, basada en la propia experiencia, es que el mal demasiadas veces se nos presenta bajo apariencia de bien, sub angelo lucis.  Y elegimos una mala opción sin darnos cuenta de que hay otras mejores.

En otras ocasiones, se da una tensión entre nuestra mente y nuestra voluntad (o falta de ésta).  Creemos que deberíamos hacer algo, pero terminamos haciendo lo contrario porque nuestros instintos o pulsiones nos arrastran.  ¿Y por qué nos arrastran?  Porque persiguen algo que se les presenta -de nuevo- como algo bueno o apetecible.

Incluso cuando decidimos hacer algo objetivamente malo, como por ejemplo partirle la cara a alguien que nos ha dado motivos para estar enfadados con él, lo hacemos porque nos planteamos lo satisfechos que nos sentiremos al hacerlo, o porque creemos que así restituiremos la justicia, o porque pensamos que así no repetirá su traición.  Más de lo mismo, apariencia de bien.

Pero es lógico, porque perseguir el mal o el dolor parece antinatural, patológico.  Así lo entendían -al menos- los clásicos.  Y se les podrá acusar de muchas cosas, pero no de ser idiotas.

Hace poco leía un texto de Dokusho Villalba en el que éste afirmaba algo que yo desconocía y que puede que haya inspirado este post:

En el Nuevo Testamento, la palabra que se usa para ‘pecado’ es el término griego hamartia y su forma verbal hamartain.  Pero en griego estos términos no tenían originalmente el significado que le atribuye el Nuevo Testamento.  Originalmente, hamartia era un término usado en el tiro con arco para designar el error de tiro o el fallo al alcanzar el blanco.

Bendita etimología, que nos acerca al sentido primigenio de los términos, a su significado cuando las lenguas todavía tenían algo de sagradas…  Hamartia.

Si asumimos que el pecado -la elección del mal- no es un acto de pura y consciente maldad sino una muestra más de nuestra limitación o ignorancia, nuestra visión del pecador -y del trato que merece- cambia completamente: ¿cómo vamos a desear el castigo del ignorante, del necio, del errado?  ¿No nacerá más bien en nosotros un sentimiento de misericordia y un ánimo de ayuda?

Aunque la más pura ortodoxia ha reflexionado largo y tendido sobre los grados de libertad y culpa del pecador, también es cierto que -en la práctica- existe una marcada diferencia entre las posiciones que identifican el pecado directamente con el mal y con una naturaleza caída y nada fiable (insistiendo en el castigo o penitencia, a veces de un modo enfermizo) y quienes descubren en él una forma de hamartia y, por eso mismo, sin renunciar a la idea de restitución o penitencia, parten de la misericordia y de la confianza en la chispa divina que nos mantiene con vida pese a todas nuestras equivocaciones y que siempre puede prender de nuevo para llenarnos de luz y calor.

De hecho, los mismos que suelen ser tremendamente estrictos con el pecador (porque se supone que ha escogido libre y conscientemente el mal, en un acto de intrínseca maldad), los mismos que le señalan con el dedo, le recuerdan su culpa y le recomiendan pesadas penitencias, esos mismos son mucho más comprensivos con sus propias faltas y no pierden la confianza en que pueden cambiar y mejorar porque sienten ese anhelo de lo Uno, Bueno, Verdadero y Bello en su interior.  ¿Cómo pueden no darse cuenta de que no son casos aislados y que todos, con mayor o menor acierto, buscamos la Felicidad?  Nuestro problema es que no siempre acertamos con el lugar en el que la buscamos y, por eso mismo, erramos y pecamos.  Haciéndonos daño a nosotros mismos y a los demás.  Aprendamos del error, reparemos, corrijamos el tiro y no nos cansemos de perseguir ese deseo esencial que nos llama a lo Mejor.

¿Pecaremos?  Por supuesto, errar es humano.  Pero, conscientes de nuestra ignorancia y debilidad, no nos cansaremos de buscar mayor luz y fuerza…  En nuestro interior, y más allá de él.

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