Libro recomendado: Elogio de la madurez, de Francesc Torralba


Una nueva joya de Francesc Torralba: Elogio de la madurez.

Este libro me lo regaló mi esposa hace unos meses pero todavía no había tenido ocasión de ponerme con él…  Hasta que lo he hecho.  Y me ha encantado, como suele sucederme con la mayoría de obras de este autor catalán que acerca lo más elevado al nivel de los mortales, para que todos podamos enriquecernos con la sabiduría que en otros tiempos era patrimonio de unos pocos privilegiados.  ¿Divulgador?  Sí, claro, ¡gracias a Dios!

Como suelo hacer en estos casos, transcribo algunas perlas del libro.  No es un resumen, ni un esquema de su contenido…  Sólo la plasmación de algunas frases e ideas que a mí me han removido por dentro y que confío en que te animen a leer el libro entero:

· Un ser humano es maduro cuando está en condiciones de darse al mundo, de enseñar a los demás lo que ha aprendido, de entregarse generosamente para que los otros puedan aprender lo que él sabe.

· Sólo puede perderse lo que se intenta conservar.  Lo que se ofrece generosamente es lo único que permanece.

· Para llegar a la edad madura hay que recibir mucho, pero para ejercer la madurez hay que aprender a dar mucho.

· A medida que nos hacemos mayores, nos damos cuenta de los primeros síntomas de decrepitud de nuestros padres y una vez llegados a la madurez experimentamos su fragilidad.  (…) Recordamos la fortaleza de aquellos brazos y la clarividencia de aquella mente con la debilidad de su ser actual y, al contrastarlo con la dura realidad, experimentamos una profunda sensación de desamparo.  Sentimos la soledad por primera vez.  Sentimos que no podemos ponernos en sus manos, que ya no nos pueden sostener y que somos nosotros quienes tenemos que velar por ellos.

· Querer permanecer indefinidamente en una estación de la vida es tan absurdo como querer retener la primavera o dilatar el verano.

· Pedir ayuda a otro no es nada fácil, sino que exige mucho coraje y humildad.

· En la madurez de la vida nos sentimos en deuda con nuestros padres, pero lo más grave es que nos percatamos de que no podremos recompensarles, porque eso que nos han dado, la existencia, jamás podremos devolvérsela.

· Los hijos crecen.  No podemos relacionarnos con ellos del mismo modo que antes.  No podemos tratarlos como a niños.  Quieren ser tratados como adultos, pero todavía no lo son.  Encontrar el tono no es fácil. (…)  El amor que sentimos por ellos es ambivalente, porque por una parte nos hace protegerlos y defenderlos, pero por otra nos impele a respetar sus decisiones, su primera libertad.

· El hombre maduro, padre e hijo al mismo tiempo, se encuentra entre estos dos mundos.  Al ver a su hija tan crecida siente una secreta felicidad, la del trabajo bien hecho, la liberación de la dependencia.  Al ver al padre tan decrépito, tan ausente, siente un grito de indignación en su interior que procura censurar.

· El joven dice: Mañana lo hago.  El anciano dice: Tendría que haberlo hecho antes.  El hombre maduro sabe que si no lo hace ahora ya no tendrá ocasión de hacerlo. (…)  La madurez es la edad de la realización.

· El deseo siempre trasciende a la realidad.  El anhelo de la totalidad, de la perfección, del Absoluto, nunca se concreta en una realidad histórica.  Siempre hay una ausencia, siempre falta algún elemento.

· Al entrar en la madurez, uno aprende a desprenderse de todo lo accesorio, de lo que es irrelevante para la vida de uno mismo.  Discierne las cosas con firmeza y trata de vivir simplemente aquello que resulta esencial. (…)  Aprende a decir no sin tener que mentir ni elaborar grandes circunloquios.  Ya no pretende quedar bien con todo el mundo, ni afrontar batallas perdidas de antemano.  Calcula y dosifica la energía que le queda.

· Se percata de que la vida es este segmento tan efímero y a la vez tan voluble que transcurre entre el silencio que hay antes de nacer y el que se produce justo después de morir.  Entre estos dos silencios espectrales el ser humano se encuentra a sí mismo transitando por un universo sumido en un ruido ensordecedor.

· La narración repetida día tras día abre nuevos campos de significado, nuevas rutas hermenéuticas, porque aunque e texto siga siendo el mismo, como el oyente es diferente, adopta la forma del recipiente.

· La repeticón no es algo completamente nuevo, pero tampoco es el retorno de lo mismo. (…)  Cada repetición es una ocasión para llegar al fondo, para perforar las apariencias y penetrar en el corazón del misterio.

· La cobardía consiste en limitarse a esperar sin hacer nada para que lo esperado se convierta en realidad.  Esta espera pasiva es un modo de desperdiciar la vida.

· Aquello que repetimos habitualmente revela los auténticos latidos de nuestro ser.

· No hay nada más valioso que hacer bien lo que se está haciendo.

· Existo porque soy acogido.

· ‘La buena juventud -escribe Ernst Bloch- persigue siempre las melodías de sus sueños y de sus libros’.  Carece de la experiencia del principio de realidad.  Cree que podrá hacer realidad sus sueños.  Lucha abnegadamente por abrirse camino en el mundo, por transformar el mundo que le han ofrecido como legado.  Siente una actitud de indignación hacia la generación que le precede en el tiempo, porque al salir del hogar constata en su propia piel toda la perversidad y barbarie que existe en el mundo.

· Cada uno sabe secretamente aquello a lo que aspiraba en su vida y lo que ha resultado ser finalmente.

· Hacer balance al final de la vida, en la última estación, la de la vejez, no tiene gran propósito, porque en el caso de que uno llegue a la conclusión de que nuestra vida ha sido estéril y carente de sentido, se dispone de poco tiempo para tomar nuevas decisiones y recrearla desde el principio.  Por eso la edad óptima para hacer balance es la madurez.

· Comprometerse significa necesariamente renunciar, dejar caminos sin explorar, dejar opciones abiertas a derecha e izquierda que jamás podrán concretarse.

· Arrepentirse no es un ejercicio estético.  Es un acto de la voluntad movido por el corazón que pretende rehacer algo que se torció.

· Nuestra vida sólo es definitiva después del último aliento.

· El hijo no es un recipiente de sueños rotos [de sus padres], sino un ser único y singular, llamado a hacer de su vida un proyecto personal.

· La ancianidad es a época para desaferrarse, para descomprometerse.  Lo propio de esta estación de la vida es dejarse ir, dejar hacer, permitir que todo fluya.

· Todo es más complejo cuando se observa con detenimiento.

Ahí tienes una pequeña muestra de lo que encontrarás en este libro de Francesc Torralba, un libro que te dará materia para meditar durante toda tu vida…  En cada etapa de la misma.

Yo lo he disfrutado, confío en que tú también lo hagas.

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