Una advertencia espiritual de Marcel Légaut


Hace unos días, uno de los más fieles, antiguos y activos seguidores de este blog (Jordi Morrós) me hacía un elogioso comentario en el que citaba a un pensador francés que me sorprendió muy gratamente la primera vez que leí una de sus obras: Marcel Légaut.

Esa referencia me ha llevado a retomar El hombre en búsqueda de su humanidad y, al abrirlo al azar (algo que hago a menudo al reencontrarme textos ya leídos), me he encontrado con esta profunda y vigente advertencia del autor, muy en la línea -a veces muy incomprendida- de la idea de Tradición que propone el propio Papa Francisco.

El texto es largo pero merece la pena.  Para amenizarlo, he introducido algunas negritas que ayudan a mantener y centrar la atención:

La letra de estas obras, que a un tiempo las manifiesta y las esconde, al ser demasiado respetada y excesivamente amada por sí misma, acabará por contribuir a que el lector las traicione.

Por eso, mientras los logros intelectuales normales pueden transmitirse intactos y con provecho mediante libros, para conservar, cara al porvenir, lo más inestimable de las obras propiamente humanas, no basta sólo con los textos.  Para perpetuar el mensaje de esos escritos, que rebasan la espiritualidad media de su época por la fuerza de su impulso creador pero, por otra parte, dependen pesadamente de las circunstancias de su nacimiento en su forma, en sus expresiones y en la mentalidad de sus autores, es de todo punto necesario que, a través de los siglos, los hombres se transmitan esos escritos, unos a otros, activa y directamente, cosa imposible de conseguir de no mantenerse en el nivel espiritual y en la línea de inspiración presentes en el origen de dichas obras.  Una simple repetición literal, objetivamente exacta, penetrante, que supiera incluso dar cuenta de las particularidades que condicionaron el alumbramiento de esas obras, no bastaría, sería insuficiente.  La transmisión de generación en generación exige mucho más que una simple renovación de la expresión hecha con minucia y piedad.  Esa tradición -en el sentido inicial del término- no puede darse sin nuevas creaciones, en cada eslabón, que retomen, profundicen, desarrollen e incluso prolonguen las anteriores, que fueron las que las hicieron posibles a ellas.

A falta de testigos capaces de creaciones renovadas o completamente nuevas, cualquier tradición se degrada en enseñanza.  Entonces, los textos en que dicha tradición se apoya, al no ser retomados y recreados desde abajo, poco a poco se vuelven anticuados no sólo en sus expresiones sino también -y eso es más grave- en algunas conductas y sentimientos que antaño proponían con razón, de acuerdo con las necesidades y posibilidades de su tiempo.  Esos textos acaban por no poder nutrir la vida espiritual a no ser que sean sometidos a continuas transposiciones que son, de suyo, auténticas desviaciones de su sentido o interpretaciones que su misma letra no reclamaba.  En este campo, en el que la honestidad intelectual y la sobriedad de sentimientos son de rigor, tales prácticas fomentan el divorcio entre las actitudes, las palabras y lo que de veras se vive.

Por su parte, los comentarios que esos textos necesitan por razón de su forma o de su fondo se acumulan en torno suyo.  Incluso si no se van empobreciendo a fuerza de repetirse, e incluso si no se entregan a ningún afán de demagogia doctrinal o sentimental, poco a poco, abusivamente, esos comentarios van reemplazando a los textos originales, a los que, inicialmente, querían clarificar.  Con el pretexto de explicarlos mejor y de extraer de ellos conclusiones necesarias, sólo los glosan; pero lo peor es que pueden llegar a utilizarlos de forma mezquina, e incluso a abusar de ellos yendo contra su propio espíritu.

Las obras potentes se desgastan así, con el paso de los siglos, por la mediocridad de quienes las utilizan inoportuna y machaconamente.  Sus líneas maestras más inspiradoras pierden su poder de evocación y los hombres ya no pueden reconocerlas.  Sólo buscan en ellas una base para un trabajo de precisión y sistematización, pretendiendo, sin restricción ni matiz, alcanzar la verdad en las conclusiones que sacan de ellas.  No se dan cuenta de que tales conclusiones suelen engañar por su lógica y por su claridad excesivas, y a veces también por su carácter extremado e inhumano, que, al parecer de algunos, las adorna con los atributos propios de lo trascendente y sagrado.  Ese carácter exalta de forma engañosa el fervor tanto de los hombres de temperamento entero como de los intelectuales de espíritu seco o tajante.

A diferencia de lo que sucede con los adelantos científicos, no hay progreso espiritual que sea un resultado adquirido de forma irreversible.  La historia de los esfuerzos humanos a lo largo de los siglos para concebir su condición y destino y llegar realmente a ellos está sembrada de fracasos y regresiones.  Las espiritualidades más elevadas, cuando una tradición viva no las reinventa sin cesar, se oscurecen y degradan.  Al nacer, nutrían y exaltaban; con el paso del tiempo, acaban por adormecer y envenenar.

Cuando la herencia del pasado se ha malbaratado tanto, para su reconstrucción se necesitan unas búsquedas espirituales que partan directamente de nuevo de la base misma de la realidad humana.  Son búsquedas que, a menudo, se llevan adelante en aparente oposición con esa misma herencia que quieren renovar.  La razón es que actúan en reacción contra lo que ha quedado de ella y que no puede por menos que verse como un resto carente de todo interés o incluso engañoso y nefasto.

Tras descubrir, por sus propios medios, el mensaje enterrado en el silencio y oscuridad de los siglos, el hombre es capaz, entonces, de reconocer, bajo su rancia expresión, la excepcional grandeza de algunas de esas obras del pasado que resultan particularmente cercanas por su orientación espiritual.  Encuentra en ellas una preciosa confirmación de lo que ha captado en su profundidad gracias a su propia búsqueda.  A decir verdad, el espíritu de aquellas obras antiguas estaba bien vivo en él cuando éstas aun estaban ocultas para él y le parecían definitivamente superadas.  Indirectamente, ese espíritu era el que le inspiraba cuando reaccionaba contra las caricaturas, las desviaciones y los abusos que los textos permitían.

Tremendo Marcel Légaut en su análisis y su propuesta de que para que se dé auténtica Tradición es preciso el cambio.  Algo sobre lo que es bueno reflexionar.

Gracias, Jordi, por haberme hecho reencontrar con este autor al que hacía ya años que no leía.  Una delicia de lectura y reflexión.

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2 comentarios en “Una advertencia espiritual de Marcel Légaut

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