¿Cómo meditar desde las Humanidades?


En el post de hoy vamos a tratar sobre una de las cuestiones nucleares de nuestro modo de entender -y proponer- las Humanidades.  Hemos dicho en muchas ocasiones que, para nosotros, éstas son mucho más que unos estudios culturales y eruditos, son un método de desarrollo de nuestro potencial humano.

Pero, ¿cómo lograr que lo sean?  Meditando al modo humanístico.

¿Y en qué consiste este modo de meditar?  Muy sencillo:

  1. En primer lugar, hay que empezar por serenar la mente.  Para ello resulta muy útil concentrar nuestra atención en el ciclo respiratorio, en el aire que entra (frío) por la nariz, para volver a salir de nuevo (esta vez, caliente) por las mismas fosas nasales.  No se trata de dejar la mente en blanco, se trata de serenarla para que el flujo constante de pensamientos descontrolados reduzca su caudal y sea más sencillo tomar consciencia de ellos sin que éstos nos dominen ni distraigan.  Ver nuestro flujo de pensamientos como un espectador para tomar conciencia de que somos más que nuestros pensamientos conscientes e inconscientes.  Somos una Presencia que es anterior y mayor a cuanto podamos pensar, decir o hacer.
  2. Desde esa Presencia, tomaremos la idea humanística sobre la que queremos meditar, que siempre será símbolo, para usarla como objeto de meditación contemplativa.  Nos acercaremos a ella sin prisa ni prejuicios, desde una perfecta y docta ignorancia.  Empezaremos por su análisis racional y discursivo, pero no nos detendremos en él.  Rumiaremos la idea -como decía Nietszche- sin parar, dejando que nos alimente una y mil veces, permitiendo que nos muestre todos sus matices y peculiaridades, identificándonos con ella como lo haría el actor con su papel, buscando sus resonancias en nuestro interior, encarnándola, permitiendo que el arquetipo se manifieste en nosotros, descubriéndolo en nuestro interior.  En este sentido, conocer es ser…  Conocemos lo que somos y desde lo que somos.
  3. Este conocimiento contemplativo -que se realiza desde el intellectus con una mente vacía- tiene la peculiaridad de que -al vincular conocer y ser- adquiere características aduales por medio de las cuales el conocimiento no es sólo un saber adquirido sobre un objeto (erudición) sino un modo de transformación de nuestro propio ser por medio de un conocer identificativo, simpático o místico.
  4. La integración de ese conocimiento en nuestra propia persona ya es, de por sí, un modo de transmitirlo.  Pero es que -como todo aquello que nos llena- es difícil mantener en nuestro interior sin compartir con los demás un tesoro que nos hace más lúcidos y felices y que sabemos que también mejoraría la vida de quienes nos rodean.  Así que la última fase de la meditación propiamente humanística es el compartir, el entregar lo recibido…  Y el dejarnos sorprender y afectar por todo lo que recibiremos -y deberemos rumiar de nuevo- en este proceso de entrega.

Este modo humanístico de meditar no tiene fin porque el objeto último de conocimiento y transformación somos nosotros mismos.  Y. como cualquiera atisba cuando se asoma a estos mundos, nunca podremos conocernos completamente porque nuestro Ser más profundo y auténtico no tiene límites y -por eso mismo- siempre estará un paso más allá de donde nosotros podamos llegar.

Por ese motivo, meditar también es caminar…  Caminar sin parar.

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