¿Está siempre más verde la hierba de la otra orilla?


No sé si habrás escuchado alguna vez esa frase que afirma que “siempre está más verde la hierba de la otra orilla”.

Es un aforismo que me gusta, porque demasiadas veces me he visto reflejado en él. Desde la distancia, todo parece mucho más perfecto que nuestra realidad cotidiana. Pero, ¿realmente lo es? ¿O más bien es una falsa percepción que genera insatisfacción y una cierta punzada de envidia?

Mi experiencia me lleva a afirmar que es un espejismo, porque en cuanto cruzamos al otro lado, encontramos los mismos espacios de hierba seca, de piedras y de tierra árida. De lejos no los apreciábamos, pero al acercarnos sí… Como sucede con todo en la vida.

Vemos la vida de nuestros conocidos y -como habitualmente vivimos de superficialidades- nos parecen maravillosas. Lo que nos cuentan al vernos o al cotillear en sus redes sociales nos lleva a pensar que tienen vidas más plenas y felices que la nuestra. Gran error… Porque si dedicamos algo de tiempo a profundizar en sus existencias, anhelos, problemas y esperanzas, descubriremos que son humanos como nosotros que no tienen más remedio que alternar las risas con las lágrimas, las alegrías con las preocupaciones.

Me sucedió este verano. Un amigo común me presentó a un prestigioso escritor, intelectual políglota, exitoso conferenciante y respetado pensador al que hace años que admiro. De algún modo, veía en su existencia -o en la que yo creía que era su existencia- la explosión de algunos de mis más íntimos deseos. Hicimos buenas migas y, tras una infinidad de horas de conversación, pasamos de la mente al corazón… Y me abrió las puertas de su alma. Me quedé atónito: su éxito profesional le había costado dos matrimonios, la salud y au relación con sus hijos… A los que apenas ve. Se arrepiente profundamente de algunas decisiones que le han llevado donde está a un precio demasiado alto que, desde la otra orilla, yo no era capaz de percibir.

La fragilidad, la imperfección y el dolor están ahí, de una u otra forma, en toda vida. Pero un cierto pudor, cuando no el orgullo, lleva a no compartir las espinas de nuestro día a día más que con las personas más cercanas a nuestro corazón. Así que, lamento decírtelo, si todas las vidas ajenas te parecen de cuento de hadas… Es que no tienes auténtica confianza ni intimidad con ninguno de sus protagonistas.

Miremos con otros ojos a los demás, y también a nuestro propio día a día. Aprendamos a prestar más atención al verdor de nuestra vida, y a la necesidad de nuestro prójimo… Para así ayudarle a cultivar su tierra hasta que florezca y dé fruto en abundancia, mientras disfrutamos de todas las mieles que -entre hiel y hiel- el destino nos depara.

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