¿Y si esto no fuera amistad?


Ayer por la noche, asistí a la reunión de principio de curso en el colegio de mis hijos. Siempre que puedo, trato de ir… No sólo porque es una forma de mostrar -y demostrar- de puertas adentro que te tomas en serio la formación de “los niños” sino porque, aunque parezca mentira tras tantos años, siempre aprendes algo nuevo y te aportan perspectivas que habías pasado por alto hasta ese momento. Además, el hecho de que las reuniones empiecen a horas tardías ayuda a que algunos podamos organizarnos las agendas… Así que no hay excusa para no ir.

Más allá de esta improvisada apología de las reuniones de principio de curso, quería compartir contigo una idea que planteó ayer la tutora de una de mis hijas, y que me pareció de gran finura, de necesario comentario con nuestros hijos adolescentes y de imprescindible reflexión personal: tendemos a confundir la camaradería con la amistad porque no somos conscientes de que ésta no se basa en la diversión compartida sino en el conocimiento y reconocimiento mutuo.

Me explico: tú y yo podemos pasárnoslo en grande juntos, podemos reírnos un montón, podemos difrutar tomando unas copas o bailando en la disco, podemos ser fantásticos compañeros de pádel o de paseos en bicicleta. Incluso podemos entretenernos con superficiales y amenas conversaciones, o con profundas discusiones sobre cuestiones profesionales… Pero nada de esto implica que seamos amigos. Sólo dice de nosotros que somos compañeros, camaradas, colegas… Que el uno le procura al otro algo que le interesa o entretiene… Que el otro es, de algún modo, para nosotros un objeto de consumo que nos procura cierta satisfacción a alguna de nuestras necesidades.

La amistad, sin embargo, es otra cosa… Parte del conocimiento y reconocimiento del otro, de la intimidad compartida, de los anhelos, inquietudes y sueños compartidos, de la admiración o preocupación por aquella persona a la que tenemos delante, del amor que nos lleva a ofrecer lo mejor de nosotros mismos mientras nos alimentamos de lo mejor del amigo. En la amistad no nos mueve tanto lo que obtenemos como lo que tenemos para ofrecer, no es un acto egoísta sino de desprendimiento y entrega que enriquece a ambos polos de la relación.

El compañero tomado por amigo es fácil que nos decepcione. En cambio, el amigo con quien se comparten tiempo y experiencias siempre nos ayudará a crecer porque para él -de alguna manera- somos lo primero.

Un compañero puede envidiarte, perjudicarte o complicarte la vida si eso le aporta algo… Un amigo, jamás.

Y ahora toca preguntarse… Y tú y yo… ¿somos amigos o compañeros?

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