Una reflexión sobre los doctorados


En las últimas semanas, el doctorado del Presidente Sánchez -y los estudios y másteres de otros tantos políticos- se han hecho tristemente famosos.

Para quienes, en su momento, nos planteamos estudiar un doctorado y hemos trabajado durante años de madrugada en nuestra tesis para hacer compatible nuestra investigación con nuestra familia y empleo, ver estos tejemanejes académicos nos produce pena y asco.

Pero tampoco podemos ser ingenuos, esto es la crónica de una muerte anunciada que comenzó en el mismo instante en el que dejamos de estudiar por vocación y comenzamos a hacerlo por motivos profesionales o económicos.

El doctorado, el más alto grado de reconocimiento académico, debería ser -por su propia naturaleza- una aventura que sólo emprendieran aquellos que sienten que su vida despliega todo su sentido al profundizar en el conocimiento, desarrollo y transmisión de alguna materia de carácter científico o intelectual.

Si tu vocación no es el estudio, ¿se puede saber qué haces preparando un doctorado? Te lo digo: en el mejor de los casos, decorar tu currículo para que tenga más empaque y te ayude a llegar más alto. En el peor, prostituir tu vida haciendo algo que te disgusta porque esperas obtener de ello un rédito económico. Si es así, déjame que te confiese que un doctor no tiene un sueldazo… Al menos en España. Si quieres un salario estratosférico -si vamos a vendernos o alquilarnos, al menos que sea por un buen precio- mejor pon todos tus medios en cursar un buen MBA en una prestigiosa escuela de negocios, nacional o internacional.

La pasta o la decoración del CV no puede ser la causa de estudiar un doctorado porque -como bien sabemos todos los que hemos pasado por la experiencia de una tesis doctoral- el esfuerzo y dedicación que exige una buena investigación sólo es soportable gracias a la vocación, al íntimo convencimiento de que has nacido para parir ese texto. De cualquier otro modo, el esfuerzo no compensa… Y eso conlleva que busques atajos, apaños, arreglos, trampas.

Y así hemos llegado donde estamos: tenemos a personas con un título que no merecen, y títulos con un desprestigio que no les corresponde.

Necios… No saben el daño que han causado cada vez que han regalado un título o han mirado hacia otro lado al evaluar un trabajo.

No hay país que soporte perder a su pulmón intelectual… Y mucho me temo que, tras estos tristes descubrimientos, los doctores brillarán cada vez más por su ausencia… O se irán a estudiar al extranjero. Ojalá me equivoque y ni una sola vocación intelectual se pierda ni exilie.

He conocido a grandes doctores que han transformado su vida y la de quienes con ellos convivimos a través de sus estudios e investigaciones. No puedo ni quiero imaginar un mundo sin ellos… Porque sería un mundo mucho peor… Y en él tendremos que vivir, nos guste o no.

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