Vivir con las puertas abiertas


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¿Para qué arriesgarse?

Vivimos encerrados, presos de nuestros miedos y desconfianzas.  Las malas experiencias -propias y ajenas- nos llevan a aislarnos de los demás para protegernos, convirtiéndonos en islas que sólo puntualmente (y demasiadas veces por intereses egoístas) nos abrimos y ponemos en contacto con quienes nos rodean.  Corremos el riesgo si nuestro interés por la posible ganancia es superior al miedo que nos genera el que puedan engañarnos o defraudarnos.  Si no es así, ¿para qué arriesgarse?  No nos damos cuenta, pero somos esclavos de nuestra nefasta opinión del ser humano.

Viviendo para adentro

Yo soy el primero que me encierro en mí mismo demasiado a menudo.  Y no sólo porque he vivido grandes decepciones, sino porque soy de naturaleza introvertida.  Tengo tendencia a vivir para adentro.  Me siento a gusto, cómodo y seguro, en ese íntimo rincón que siempre está disponible para mí en el fondo de mi alma.

Sin embargo, soy consciente de que ese rincón puede ser un lugar solitario.  Digo puede porque -como advierte el Apocalipsis- estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.

Un mendigo a las puertas

Es cierto, como un mendigo hambriento de nuestra compañía y afecto, hay un Alguien que nos espera pacientemente a las puertas.  Un Alguien que -de vez en cuando, para no molestar- toca el timbre y espera, a ver si le abrimos.  Alguien al que, sin saberlo, también anhelamos y que -con su compañía- es capaz de cambiarlo todo porque, en el trato con Él, descubrimos la grandeza y la dicha que acompañan a vivir con las puertas abiertas, a pecho descubierto, poniendo el corazón en todo y en todos.

Él es la puerta de entrada para todos los demás porque a todos lleva en su corazón, porque Él está en todos los demás…  Y cuando Le tratamos, comenzamos a percibirle en todos los rostros.

El secreto

Éste es, en el fondo, el secreto de la bondad y misericordia propias de las almas contemplativas de verdad.  Ésas -como la de la Madre Teresa de Calcuta- que no hacen del encuentro con Dios un ídolo o una posesión en la que regodearse sino que, al descubrir su rostro en todos los demás (y especialmente en los más necesitados) salen a su encuentro con espíritu de misión, luchando por transformar el mundo y hacerlo más habitable con una fuerza y energía que ninguna ideología puede procurar.

Somos seres necesitados de algo más que nosotros mismos, somos seres necesitados de relación.  Nosotros decidimos si esta relación se basará en el interés egoísta o en el amor desinteresado.  El primer camino lleva a la psicosis y la desconfianza.  El segundo, a la realización personal, a la felicidad y a la transformación del mundo en un Paraíso.

Parece claro por dónde deberíamos transitar…  Aunque el precio a pagar será el de sufrir alguna decepción y, pese a ello, atrevernos a seguir manteniendo las puertas abiertas.

Puede que no sea fácil -nadie dijo que lo sería- pero es el camino, el único camino que no termina en un abismo.  El camino que conduce a Dios, a los demás y a nosotros mismos.

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