Estamos necesitados de criterio, no de recetas


Tú y yo somos distintos, nuestros cuerpos son distintos, nuestros caracteres son distintos, nuestra formación es distinta, nuestros objetivos son distintos, nuestras necesidades son distintas, nuestras circunstancias son distintas.  Aunque compartimos el rasgo común propio de nuestra humanidad, su concreción se diferencia en miles de aspectos que nos hacen únicos.  Como único es cada instante, lo que nos permite afirmar que el hoy es distinto al ayer.  Incluso que este segundo es distinto al anterior.

Es importante que tomemos consciencia de nuestras peculiaridades porque, al hacerlo, uno se da cuenta de las limitaciones propias de toda receta.  Porque la receta es estática, fija, en medio de una realidad heterogénea y cambiante.  Todos sabemos la seguridad que da -por ejemplo en la cocina- seguir a rajatabla los pasos de una buena receta.  Si disponemos de todos los ingredientes y del instrumental necesario, nos aseguramos un resultado.  Es cierto que esa receta no será nuestra, que no habrá nada de nosotros en el plato, pero habremos obtenido un buen resultado fruto de la experiencia y del saber hacer de otro.

Sin duda, es una opción cocinar siempre siguiendo una receta de otro…  Y rezando para que no nos falten ingredientes porque, si nos faltan, nuestra carencia de capacidad de improvisación convertirá el plato en un fracaso incomestible.

Prefiero la opción de aprender a cocinar.  De seguir las recetas sólo como medio de aprendizaje de los criterios y principios propios de un buen cocinero, teniendo en cuenta que nuestro objetivo es llegar a cocinar sin tener que seguir la receta de otro, sino combinando los ingredientes de los que disponemos, y cocinándolos con los medios que estén a nuestro alcance.

Está claro que es más sencillo y seguro seguir las recetas, pero el arte de la cocina es otra cosa.

En la espiritualidad sucede algo parecido.  Y esa es una de las obsesiones ignacianas del Papa Francisco que algunos no aciertan a comprender: una espiritualidad madura no se basa en la repetición de recetas sino en la capacidad de discernimiento, en el arte de cocinar nuestra vida con criterio, con creatividad y libertad, usando todo lo que esté a nuestro alcance, para disfrutar y poder ofrecer a los demás un plato único y delicioso que sólo nosotros podemos cocinar.

Criterio, no recetas…  Aunque de vez en cuando el plato pueda salirnos salado.

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