Crisis en la Iglesia: un tesoro en vasijas de barro


Sigo a varias web de información religiosa -de distintas tradiciones y muy diversos pelajes- y, desde hace unos meses, no dejan de aparecer noticias que le dejan a uno aterrado ante la bajeza, falsedad, enfermiza maldad e hipocresía que habita en el seno de quienes son referentes espirituales para miles o millones de personas.

Durante mucho tiempo he pensado -con cierto idealismo o elitismo espiritual- que esas estrepitosas caídas en lo peor del ser humano eran una muestra de hipocresía y de falsa espiritualidad.  Tal creencia era, sin duda, fruto de la falta de objetividad y experiencia.  Porque -si soy sincero conmigo mismo- también yo podría preguntarme, como el apóstol, ¿por qué en lugar del bien que quiero hago el mal que no quiero?

Es una vivencia que, antes o después, todos tenemos: sabemos lo que debemos hacer pero nuestra flaqueza nos impide realizarlo.  Y esa experiencia debe transformarnos y transformar nuestro modo de enfrentarnos a la decepción que nos produce la infidelidad del prójimo.

No se trata de justificarla, sino de comprenderla.  Cada uno deberá asumir las consecuencias personales, sociales y legales de sus actuaciones, pero incluso el peor de los pecados, el más temible de los delitos, no forma parte de la esencia de la persona sino que es un añadido a ella.  Y deben diferenciarse.  Porque, aunque nuestras acciones nos configuran y manifiestan, somos mucho más que nuestros actos.  O, al menos, podemos ser mucho más.

Es preciso aplicar a los demás la misma comprensión en el juicio que la que nos aplicamos a nosotros mismos.  Es el único modo de acercarnos a ellos con justicia y misericordia.  Reconociendo lo mejor y peor que hay en ellos y en nosotros mismos.  Puede que nosotros no seamos unos monstruos como ellos, simplemente, porque nuestras circunstancias han sido distintas.  Es algo digno de ser meditado antes de emitir cualquier juicio moral -que no legal- si es que somos capaces de mirarnos a nosotros mismos con objetividad.

Desde esta perspectiva, la profunda indignación ante los abusos, los encubrimientos, los desfalcos, las mentiras y las maquinaciones para obtener o mantener el poder, no impide seguir teniendo la vista fija en la perla que se oculta en medio de todo este lodo.  Porque las tradiciones espirituales guardan un tesoro en vasijas de barro.  Y ese tesoro no deja de serlo por mucha podredumbre que lo cubra.

Cuando me enciendo pensando en los abusadores, sus encubridores y los castigos a los que yo -que tengo hijos- los sometería (se me ocurren pocos delitos, pecados o inmundicias más horribles que los por éstos cometidos), me ayuda el distinguir entre ellos y el tesoro que tienen el deber de guardar y transmitir.  Tesoro que ha dado a luz a una madre Teresa de Calcuta, o a un Padre Arrupe, o a un Thomas Merton, o a un Roger de Taizé.  Pero cuidado, que no sólo entre cristianos se dan estas muestras de perversión En el resto de tradiciones (y fuera de éstas) nos encontramos con los mismos demonios, porque éstos se ocultan en el corazón de los hombres, sean estos creyentes o no, profesen éstos una u otra religión o tradición espiritual.

Habrá quien no comprenderá que yo, que me he declarado creyente en más de una ocasión, haga publicidad de las vergüenzas de los garantes de la fe.  No hago publicidad, reflexiono en torno a unos hechos que han salido repetidamente publicados en los medios de comunicación (aunque es cierto que, en muchos casos, poniendo más énfasis en el encubrimiento de abusos por parte de miembros de la jerarquía católica que, por ejemplo, en el encubrimiento que también se ha dado en el seno del budismo…  Cada uno tiene sus prejuicios y tics).

Y mis reflexiones -que comparto en el blog- me han llevado a ver cierto paralelismo entre la crisis que vive hoy la Iglesia y los problemas que tuvo San Pablo con la Comunidad de Corinto.  Pablo, por lo visto, estaba aquejado por ciertos males (probablemente epilepsia) que eran públicos y notorios.  Los corintios no le tomaban en serio debido a lo que consideraban una debilidad y eso mortificaba a Pablo, no por orgullo, sino porque dificultaba el que pudiera transmitirles el tesoro que les llevaba como regalo: la buena nueva de Cristo.  Así que rogó a Dios para que le librara de su afección, pero Éste no le hizo ni caso.  Pablo insistió, hasta que finalmente oyó una voz que le decía: ‘Mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza’.

Así es, la fuerza de la experiencia que custodian las tradiciones religiosas no depende de la virtud, de la inteligencia ni de la fuerza de cada uno de sus miembros.  Está más allá de todos ellos, de sus fortalezas y flaquezas.  Y estos episodios de vergüenza y acusación pública ponen a cada uno en su sitio, ya que:

  1. Evitan que el orgullo haga mella en nosotros
  2. Nos alejan del elitismo espiritual que nos lleva a creer que somos mejores que los ‘no creyentes’ o ‘no practicantes’
  3. Nos recuerdan que Dios no hace desaparecer los problemas, dificultades y debilidades de nuestra existencia sino que nos anima a ser canalizadores de su fuerza en medio de nuestras imperfecciones
  4. Nos deja clarísimo que los mejores frutos de las Tradiciones Espirituales no son un éxito personal sino de Algo o Alguien que está más allá -y más acá- de cada uno de nosotros.

¿Disfruto con lo que está sucediendo?  Ni mucho menos, me duele profundamente.  Por las víctimas, por todos aquellos que se perderán un tesoro por culpa de la caída de muchos de sus guardianes y por todos aquellos que, siendo fieles, tienen la sombra de la sospecha sobre su cabeza porque comparten fe y función con algunos de los monstruos que ocupan las páginas de los diarios.

Pero sí tengo presente que estos sucesos son una llamada de atención para todos, una oportunidad para conectar con nuestra debilidad y purificarnos, una ocasión única para recordar que la gloria debe ser para Dios, y no para nosotros.

Me resuena de nuevo una frase de Pedro Arrupe que me conmovió la primera vez que la escuché: tan cerca de nosotros no había estado el Señor, acaso nunca; ya que nunca habíamos estado tan dependientes e inseguros.

Ojalá estos tiempos de crisis se conviertan en oportunidad de recuperar la pureza, sencillez y autenticidad de una espiritualidad a la que -en demasiadas ocasiones- cargamos con nuestros condicionantes y limitaciones por el camino…  En lugar de abrirnos confiadamente a la sorpresa del Espíritu.

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2 comentarios en “Crisis en la Iglesia: un tesoro en vasijas de barro

  1. A mi lo que me alucina bastante es la descarada campaña de acoso y derribo contra el papa Francisco. Creo que habría tropecientos ejemplos pululando por la red de redes. Aquí va uno escogido al azar, y esos al menos no le declaran herético ni se manifiestan como sedevacantistas que de esos también hay la tira. Este parece el típico medio periodístico conservador de los USA que se fija bastante curiosamente en los detalles que quizás le han hecho más cercano a los católicos menos rígidos: renunciar a los zapatos rojos, vivir en Santa Marta, y promover una reconsideración hacia los divorciados vueltos a casar (para algunos, cardenales incluidos, esto último es casi el final de la Iglesia católica). En fin, que la batalla se presenta dura combinada con todo lo que tu ya has comentado.

    https://www.nationalreview.com/magazine/2018/10/29/case-against-pope-francis-catholic-church/

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